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domingo, 16 de mayo de 2010

Socialismo Siglo XXI

* Atilio Boron

"El propósito de esta ponencia es aportar algunos elementos para la
discusión sobre el socialismo del siglo veintiuno. El tema, no por casualidad,
está siendo objeto de una intensa y creciente discusión. Si hacemos una
rápida consulta al Google y miramos el número de páginas existentes, a
finales de Julio de 2008 sobre el "Socialismo del siglo XXI" veremos que
aparecen listadas aproximadamente más de 1.200.000 páginas que
responden a dicho título.
Dado el volumen de la bibliografía existente nos limitaremos a examinar
algunas ideas que nos parecen centrales y que quisiéramos dejar como
aporte para un futuro trabajo de elaboración colectiva. No tienen pretensión
alguna de exhaustividad sino que, por el contrario, deben ser comprendidas
como una parcial contribución a un debate en curso tendiente a lograr una
definición cada vez más precisa del horizonte socialista de las luchas
emancipatorias de nuestra época.
Abordaremos esta reflexión a partir de una distinción tripartita entre:
1. Los valores y principios medulares, que deben vertebrar un proyecto que
se reclame como genuinamente socialista.
2. El programa de ese proyecto, es decir, el tránsito desde el universo de los
valores a la agenda concreta de la construcción del socialismo y las políticas
públicas requeridas para su implementación.
3. Finalmente, el tema del "sujeto histórico" (o los sujetos) de ese proyecto, y
sus características distintivas.
Valores
Se trata de un tema clave, porque un proyecto socialista no puede
manifestar la menor ambigüedad axiológica en relación a su crítica
intransigente y radical a la sociedad burguesa. A la luz de las experiencias
que tuvieron lugar durante la fase "keynesiana" del capitalismo no se puede
alimentar la menor ilusión acerca de la capacidad de lograr reformas
profundas y sobre todo duraderas en la estructura de este tipo de sociedad.
La involución que sufrió a consecuencia de la contrarrevolución neoliberal a
partir de los años 1980s demuestra, más allá de toda duda, que los avances
que se habían producido en los años de la posguerra -y que dieran lugar a
múltiples teorizaciones sobre "el fin de las ideologías", el agotamiento de la
lucha de clases, las virtudes de la irrestricta movilidad social ascendente, el
triunfo de la democracia liberal, etcétera- estuvieron muy lejos de ser
irreversibles.
Esta reversión ha confirmado, una vez más, la extraordinaria resiliencia del
capitalismo y su capacidad para retornar a la "normalidad" de su
funcionamiento explotador, expoliador y opresivo una vez que se disipan las
coyunturas amenazantes que, en los años de la posguerra, le obligaron a
hacer pasajeras concesiones a las clases subalternas. Componente
estratégico de esa coyuntura fue la amenazante presencia de la Unión
Soviética. Y es que a pesar de su doctrina oficial de la "coexistencia
pacífica", justamente criticada por el Che en numerosas intervenciones
orales y escritas, la sola existencia del ejemplo soviético y posteriormente de
la revolución china obligó a las burguesías metropolitanas a aceptar
reivindicaciones que antes de 1917 hubieran sido respondidas apelando a los
servicios de la gendarmería.
Dicho lo anterior es preciso subrayar que un socialismo renovado de cara al
siglo veintiuno no puede quedar reducido a la construcción de una nueva
fórmula económica, por más resueltamente anti-capitalista que ésta sea. El
Che tenía toda la razón cuando dijo que "el socialismo como fórmula de
redistribución de bienes materiales no me interesa."
De lo que se trata es de la creación de un hombre y una mujer nuevos, de
una nueva cultura y un nuevo tipo de sociedad, caracterizado por la
abolición de toda forma de opresión y explotación, el primado de la
solidaridad, el fin de la separación entre gobernantes y gobernados y la
reconciliación del hombre con la naturaleza.
Proyecto
El apartado anterior analizó, brevemente, la problemática de los valores y
destacó la incuestionable superioridad ética del socialismo en relación al
capitalismo, tema que no debe olvidarse pese a que muy a menudo se lo
deja de lado. Veamos ahora el proyecto y un caso especial: "la planificación
central" de la economía, que en el pasado fue interpretada como
consustancial con el socialismo y que hoy aparece claramente como
producto de una época no existiendo razones irrebatibles para que sea
mantenida en el futuro.
Si en el marco del desplome del estado zarista, la Primera Guerra Mundial y
la salvaje agresión perpetrada en contra de la joven república soviética la
socialización de la economía fue asimilada con la total estatización de las
actividades económicas, en la actualidad esa receta no sólo es inadecuada
sino, además, contraproducente para la consolidación de un proyecto
socialista en las condiciones actuales de la economía mundial.
Si el modelo de la estatización total de la economía fue una necesidad
impuesta por determinadas circunstancias esto no significa que deba ser la
única alternativa de un proyecto socialista. Y esta conclusión es válida aún si
se tiene en cuenta que en su tiempo ese modelo fue altamente exitoso
porque hizo posible un formidable desarrollo de las fuerzas productivas y
convirtió al país más atrasado de Europa de comienzos del siglo veinte en
una gran potencia industrial y militar. Sin embargo, sus logros en una fase de
industrialización extensiva no fueron suficientes para responder eficazmente
los nuevos desafíos planteados por la tercera revolución industrial, con el
desarrollo de la microelectrónica, las telecomunicaciones, la informática y
todas las aplicaciones industriales derivadas de estos adelantos científicos y,
gradualmente fue perdiendo terreno ante sus rivales capitalistas hasta llegar
a su inglorioso derrumbe final, cuando todo el edificio político construido por
la primera revolución proletaria de la historia, un acontecimiento
extraordinario en la vida de las naciones, se desplomó sin un solo disparo, y
ante la increíble indiferencia de la población.
El tema de la magnitud e implicaciones de estos grandes cambios
económicos mereció una aguda observación del Comandante Fidel Castro en
su discurso del 17 de Noviembre del 2005 en la Universidad de La Habana
conmemorando el sexagésimo aniversario de su ingreso a esa casa de
estudios. Dijo en esa oportunidad que "somos idiotas si creemos, por
ejemplo, que la economía -y que me perdonen las decenas de miles de
economistas que hay en el país- es una ciencia exacta y eterna, y que existió
desde la época de Adán y Eva. Se pierde todo el sentido dialéctico cuando
alguien cree que esa misma economía de hoy es igual a la de hace 50 años,
o hace 100 años, o hace 150 años, o es igual a la época de Lenin, o a la
época de Carlos Marx. A mil leguas de mi pensamiento el revisionismo, rindo
verdadero culto a Marx, a Engels y a Lenin."
Fidel tiene razón: la economía de hoy no es la de hace cincuenta años atrás.
No lo son ni el paradigma productivo, ni las modalidades de circulación de
las mercancías, ni las características del sistema financiero ni el
entrelazamiento mundial del capital y el de éste con los estados de los
capitalismos metropolitanos. Por lo tanto, las políticas económicas del
socialismo deben necesariamente partir del reconocimiento de esas nuevas
realidades. Y, al mismo tiempo, tener la humildad y la sensatez necesarias
como para desconfiar de fórmulas librescas, pret-a-porter, que se presentan
como válidas para todo tiempo y lugar para la construcción del socialismo.
En esa misma plática a los universitarios Fidel decía que "uno de nuestros
mayores errores al principio, y muchas veces a lo largo de la Revolución, fue
creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo." Lección esta
importantísima, no sólo por provenir de quien proviene sino porque desafía
la tendencia pertinaz en la izquierda de reducir la construcción del socialismo
a la aplicación de una receta, un modelo, una fórmula.
Sujetos
Claramente, en plural. No existe un único sujeto -y mucho menos un único
sujeto preconstituido- de la transformación socialista. Si en el capitalismo del
siglo diecinueve y comienzos del veinte podía postularse la centralidad
excluyente del proletariado industrial, los datos del capitalismo
contemporáneo y la historia de las luchas de clases sobre todo en la periferia
del sistema demuestran el creciente protagonismo adquirido por masas
populares que en el pasado eran tenidas como incapaces de colaborar en la
instauración de un proyecto socialista.
Campesinos, indígenas, sectores marginales urbanos eran, en el mejor de los
casos, acompañantes en un discreto segundo plano de la presencia estelar
de la clase obrera. La historia latinoamericana, desde la Revolución Cubana
hasta aquí, ha demostrado que, al menos en los capitalismos periféricos el
exclusivismo protagónico del proletariado industrial no fue confirmado por
los hechos. Baste recordar la caracterización del "pueblo" hecha por Fidel
Castro en La Historia me Absolverá, o el papel de esas masas populares
urbanas y rurales en los levantamientos que tuvieron lugar en Bolivia y
Ecuador (que se tradujeron posteriormente en las victorias electorales de
Evo Morales y Rafael Correa), o el heroísmo de esas masas en la derrota del
golpe de estado de Abril del 2002 en contra de la Revolución Bolivariana
para apreciar, en toda su magnitud, la multiplicación de los sujetos de la
resistencia y oposición al capitalismo.
Para finalizar, no podríamos dejar de examinar esta problemática sin
cuestionar la falsa oposición que suele plantearse entre partidos y
movimientos sociales. Lamentablemente, en los últimos tiempos esta
oposición radical se arraigó muy profundamente en el imaginario de
numerosos actores sociales y políticos de América Latina y el Caribe. La
consecuencia fue que mientras los partidos políticos de izquierda fueron
todos ellos satanizados y considerados sin hacer distingo alguno -y por lo
tanto cometiendo una enorme injusticia con algunos que lucharon
ejemplarmente contra las dictaduras que asolaron a nuestros países en los
años setentas y ochentas- como aparatos burocratizados, desmovilizadores y
claudicantes, los movimientos sociales fueron exaltados como excelsas
organizaciones inmunes a las deformaciones burocráticas, las
ambiguedades, los personalismos y las mezquindades que según esta poco
feliz interpretación caracterizarían a los partidos de izquierda de la región.
Demás está decir que esta simplificación no resiste el menor análisis y que
cualquiera mínimamente informado sobre la realidad sociopolítica de
nuestros países sabe que los vicios que se achacan, muchas veces con justa
razón, a los partidos también afectan, en mayor o menor medida, a los
movimientos sociales. Sus proclamas a favor de la horizontalidad y el
"basismo" no siempre encuentran una traducción real en la vida concreta de
los mismos y no pocas veces son un discurso divorciado de los hechos. Y las
"nuevas formas de hacer política" con que los movimientos sociales muchas
veces se presentan en la escena pública para diferenciarse de la vieja
politiquería partidaria suelen más pronto que tarde dar lugar a la
resurrección de odiosas prácticas que se creían exclusivas de los partidos.
En otras palabras: partidos y movimientos representan dos modos de
articular los intereses del campo popular, modos que no son contradictorios
sino complementarios entre otras cosas porque juegan en distintos
escenarios: los partidos en el marco de las instituciones políticas y los
movimientos en el seno de la sociedad civil. Si estos demostraron poseer una
potencial capacidad para establecer una conexión más estrecha con su
propia base y representar de manera más inmediata sus intereses, adolecen
en cambio de una enorme dificultad a la hora de sintetizar la multiplicidad de
particularismos que ellos encarnan en una fórmula política y en una
estrategia unificada que pueda enfrentar con éxito la estrategia unificada de
la burguesía. Tanto los partidos como los movimientos parecen ignorar que
ésta jamás apuesta todas sus cartas en un solo escenario sino que
continuamente combina tácticas y estrategias que utilizan tanto los canales
institucionales (las elecciones y todas las instituciones políticas del estado)
como los canales extra-institucionales: la calle, las movilizaciones, la
propaganda política, los medios de comunicación de masas, los sabotajes,
lock-outs patronales, fuga de capitales, huelga de inversiones, chantajes
sobre los gobernantes, etcétera. En una palabra, la burguesía no se enfrenta
con los falsos problemas que suelen paralizar al campo popular, esterilizado
y desmovilizado en improductivas discusiones acerca de si movimientos sí o
movimientos no, o partidos sí o partidos no. Profunda conocedora del poder y
sus secretos, la burguesía utiliza todas las armas disponibles en su arsenal
haciendo caso omiso de sus características, mientras sus opositores se
desangran dirimiendo primacías entre unas y otras y quedando por eso
mismo a merced de sus enemigos de clase."

1 comentario:

  1. Hola.Te invito a conocer un blog de humor nacional y popular. Si te agrada, hacete miembro del blog.
    http://www.kikitodulce.blogspot.com Un adelanto de la nota: LOS SOLDADITOS DE MAGNETTO VAN CAYENDO UNO TRAS OTRO DUHALDE (Eduardo): animal político del tipo de los cangrejos pues pretende regresar hacia atrás en el tiempo. Añora a las fuerzas armadas en la calle, es de los que quiere a Videla, es el preferido de la Pando y sueña con reflotar la colimba.
    Su pensamiento de animal, paradójicamente, lo va a instalar a través de un elemento vegetal: el palo o garrrote.
    5) MACRI: empresario nativo que quiso ser el 10 de la política y que, merced al espionaje, apenas llegó a un 007.
    A pesar de todo, quedará en la historia de las telecomunicaciones como Graham Bell que creó el teléfono o Menem que lo privatizó.... Macri lo pinchó.
    No ha generado puestos de trabajo en la ciudad porque él es un pacifista de la laboriosidad, o vago como se lo conoce vulgarmente. Tampoco combatió el hambre pues para los del PRO la desnutrición es una enfermedad: vendría a ser como una anorexia pero sin onda.

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